Manuel del Cabral

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Un minuto más con Manuel del Cabral
por Pedro Peix

Nunca olvidaré aquella noche insólita y mezquina en que Manuel del Cabral, recién venido de Argentina, llegó a la Biblioteca Nacional a recibir la natural solidaridad y ovación que debía ofrecerle una nación agradecida a un poeta que había tomado por asalto con la mirada más de un cielo y quizás el antiguo polvo de mares y ciudades que nadie había podido nombrar sueño adentro.
  
No obstante haberse anunciado el encuentro-homenaje en todos los medios de comunicación y de registrarse una "invitación pública" para las ocho de la noche, una hora después no había llegado nadie y ya a las diez de la noche - caminando por las galerías abiertas y rugientes de la Biblioteca - le dije a don Manuel que nos fuéramos porque ya no era digno esperar a nadie.
  
En esos años don Manuel vivía por los anexos del Hotel Embajador y en el trayecto - a fin de confortarlo y encontrarle alguna remota causa al desaire, más allá de la confusión de horas o del día mal elegido, le recordé aquella anécdota ya clásica de Baudelaire: alguna vez también había sido invitado a una comparecencia pública y luego de un tiempo prudente, al ver que no llegaba nadie, decidió hablar y declamar su poesía ante un auditorio completamente vacío. Al momento de concluir se detuvo como al escuchar unos aplausos imaginarios y dió las gracias con solemne cortesía. Y se fue solo, tal como había llegado.
  
Así mismo, don Manuel del Cabral sobrevivió al silencio de su país, al desdén de su generación, a la befa de sus contemporáneos y a la mordacidad soterrada con que muchos mediocres "a tiempo completo" lo trataban al verlo ir y venir por las mesas de redacción, por las cafeterías, por las librerías, por los cenáculos de académicos parlanchines y crecidos con una gloria de ratoneras, y ni qué decir cuando iba y venía por la calle El Conde esquivando en cada esquina los fangos de su época, la nombradía y la opulencia de quién sabe cu
ántos miserables encumbrados que no supieron los huéspedes de otro tiempo que marchaban tras su rastro.
  

  Aire Durando
  
 ¿Quién ha matado este hombre
que su voz no está enterrada?
   
Hay muertos que van subiendo
mientras más su ataúd baja...
   
Este sudor, ¿por quién muere?
¿Por qué cosa muere un pobre?
    
¿Quién ha matado estas manos?
¡No cabe en la muerte un hombre!
   
Hay muertos que van subiendo
cuanto más su ataúd baja...
  
¿Quién acostó su estatura
que su voz está parada?
  
¿Quién acostó su estatura
que su voz está parada?
   
Hay muertos como raíces
que hundidas... dan fruto al ala.
     
¿Quién ha matado estas manos,
este sudor, esta cara?
   
Hay muertos que van subiendo
cuanto más su ataúd baja...
  

Artículo Publicado originalmente en Revista Mercado

 

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